¿Cuál es tu fruta favorita? Cuenta, cuenta.
La mía es la manzana.
La de la princesa ardilla Clementina, ¿lo adivinas? ¡La mandarina!
A esta roedora menuda y peluda le gusta mucho, mucho, esta fruta.
Le gusta tanto, tanto, que…
No, no. No te voy a adelantar nada. Mejor, descúbrelo tú.
Es la mañana de un día cualquiera.
Es el mes de agosto.
La reina y el rey están trabajando.
Ellos recolectan alimentos en un bosque de coníferas situado al norte de España. Se llama Reino Ardilla.
Allí está su hogar. Casardilla. Una cabaña construida en el interior del tronco de un árbol de la floresta.
Clementina juega en su habitación.
La princesa está tumbada sobre una alfombra de hojas verdes.
Ella canturrea. Y dibuja con ceras sobre un papel reciclado. Y crea figuras de plastilina.
Su voz chillona mueve los objetos.
Las estrellas que cuelgan del techo bailan descontroladas.
¡Pum! Los cuadernos de la estantería chocan con el amigurumi de pepita con ojos saltones negros. ¡Paf! El muñeco cae al suelo.
Las almohadas con forma de gajo saltan. Una y otra vez. ¡Pum, pum, pum! Golpean las paredes y el techo. ¡Paf, paf, paf! Se amontonan sobre la alfombra.
Brrr, brrr… A la ardilla le suenan las tripas. Tiene hambre.
Tilín, tilín, tilín. Toca la campanilla.
Tilín, tilín, tilín. La campanilla suena en la cocina.
Allí hay tres ardillas. Todas son cocineras.
Frutardilla es del tamaño de un tapón de corcho. Está sobre la isla de la cocina.
Sabiardilla es del tamaño de un vaso de tubo de zumo. Está a la derecha de la isla de cocina. Frente a los cajones.
Granardillo no es una chica. Es un chico. Y es del tamaño de un botijo. Está a la izquierda de la isla de cocina. Sentado en una de las sillas de respaldo alto y asiento de mimbre.
Al oír el tintineo, las ardillas se miran entre sí.
Ellas y otros seres vivos reaccionan.
Una gota de sudor frío cae por la cara de Frutardilla.
Sabiardilla da un saltito. Su corazón ha salido volando por el susto de oír la campanilla. Lo atrapa. Lo pone en su lugar.
Granardillo está rígido. Parece un animal de cera. No mueve ni un solo pelito de su cuerpo.
Zzz, zzz, zzz… Una abeja pasa zumbando a toda velocidad.
Una arañita se agazapa tras un bote de moras de la alacena.
Tilín, tilín, tilín, tilín. Suena nuevamente la campanilla.
Las tres ardillas cambian de actitud. Enseñan los dientes. Suben las mangas de sus chaquetas de chef, y…
Frutardilla corre apresurada por encima de la isla de cocina. Ella salta. Se cuela por el hueco entre el mango y la jarra de agua. ¡Pumba! Cae a cuatro patas sobre la encimera de madera. Sigue corriendo. Pum, pum, pum. Unas cucharas de bambú caen al suelo. Algunos brotes tiernos planean por el aire. Otros llegan al suelo.
Sabiardilla corre. Ella salta de puntillas. Esquiva 1, 2, 3 utensilios de cocina. ¡Plaf! Un manojo verde pega contra su nariz. ¡Ay! ¡Duele! ¡Ñam, ñam! Come esos vegetales. Está nerviosa.
Granardillo se levanta. Él aparta de un patatazo las otras sillas de madera. Y los cubiertos de un puntapié. Corre. Llega al extremo de la isla de cocina. Pisa unos cuantos vegetales. Resbala… Y… arrastra con él a las otras dos ardillas.
¡Cataplum! Chocan los tres animalitos contra la alacena.
¡Bum, bum, bum! Caen tres ramitas de madera al suelo. Cada una tiene una longitud diferente.
Debido al impacto, la arañita sale despedida.
El bote de moras, también. Además, pierde la tapa.
El arácnido agita todas sus patitas. Pero no sabe volar.
Por fortuna, pasa cerca de la cortina. Se agarra a ella. Trepa veloz por el tejido. Y escapa al exterior por un hueco de la pared.
Chof, chof, chof, chof, chof… Las moras impactan contra las superficies. Crean dibujos con forma de moco en las paredes, techo y suelo.
Seis patitas. Es decir, treinta deditos, unos más rechonchos, otros más delgados, forcejean en el suelo por atrapar una ramita.
—¡TENGO LA MÍA! —chilla una ardilla.
—¡YO TAMBIÉN, YO TAMBIÉN! —vocifera otra.
—¡Y YOOO! —grita la tercera.
Cada ardilla enseña su trofeo al resto. Y las tres comprueban inquietas la longitud de las ramitas.
Inmediatamente, Granardillo hincha sus mofletes. Y hace pucheritos.
—¡Te tocó! ¡Te tocó! Ji, ji, ji —dice Sabiardilla—. ¡Uy! Lo siento. Lo siento. —Se disculpa. Se da cuenta de que Granardillo está mal. —Lo siento. Lo siento. — Se disculpa de nuevo. Le da un fuerte abrazo.
—Pobriño —dice Frutiardilla. Ella ha visto que los ojos de su compañero están vidriosos. Antes de que derrame una lágrima, propone algo—. Amiguiño, no te preocupes. Vamos contigo a…
—No, no. —Sabiardilla niega con el dedito índice. —Le ha tocado a él. Le ha tocado a él. — Corta indignada. —Él ha cogido el palito más corto. Son las reglas. Son las reglas. Le toca atender a la monstruita.
—Veeenga, Sabiardilla. Vaaamos juntiñas —repite Frutiardilla. Y también hace pucheritos.
—Ok. Ok. Vamos juntas. Vamos juntas. Somos mejores amigos. Nos ayudamos cuando lo necesitamos. Perdón por la risa, Granardillo. —Se disculpa nuevamente Sabiardilla.
Frutiardilla, Sabiardilla y Granardillo cogen una pinza de madera. Se la colocan en la nariz. Salen de la cocina.
Suben la escalera hasta la habitación de la monstruita. Peldaño a peldaño. Peldaño a peldaño. Peldaño a peldaño.
La monstruita juega en su habitación. Está tumbada sobre una alfombra de hojas verdes.
Brrr, brrr, brrr, brrr… Sus tripas resuenan. ¡Tiene mucha hambre!
Canturrea. Y dibuja con ceras sobre un folio de papel reciclado. Y crea figuras de plastilina.
Tilín, tilín, tilín… Aporrea la campanilla que avisa a la cocina.
Tilín, tilín, tilín, tilín… Y repite el gesto.
¡Toc, toc! Llaman a su puerta.
—¡Por fin! —La monstruita resopla. Y autoriza la entrada. —Adelante. Adelante.
—Buenos días, princesa Clementina —saludan educadas las tres ardillas al unísono.
La princesa se levanta. Aprieta una cera con una pata. Y una masa de plastilina con la otra.
—Quería comunicar algo muuuy importante. —Empieza en tono solemne la ardilla Clementina. —Hoy zolo voy a comer… ¡Mandarinaz! —dice mostrando todos sus dientes—. Quiero mandarina para dezayunar. Mandarina para comer. Mandarina para merendar. Y mandarina para cenar. Quiero comer, cada vez, una nueva receta con mandarina. ¡QUIERO COMER MANDARINA, YA!
—Oh, eh, bueno… —Frutiardilla busca las palabras adecuadas. —Princesiña Clementiña… De junio a septiembre no hay recolección de mandariñas en España.
—¡Impozible! —responde ella asombrada—. Hay muchaz variedadez de mandarina. Por ejemplo, orri, tango gold, nadorcott, ortanique… ¡Hay hazta hibridoz! —Termina disgustada.
—Híbridos. Híbridos. —Corrige rápidamente Sabiardilla.
—¿Híbridoz? —Clementina piensa en esa palabra. —¿Zon nuevas variedadez? ¡Perfecto! ¡Entoncez, traedme híbridoz! —aclara pronunciando la primera sílaba con intensidad.
—No, no. Princesa, princesa… Me refiero a… Me refiero a… — Pero no da tiempo a explicar nada. Clementina no presta atención a Sabiardilla. Y sigue hablando.
—Y acabad con ezte problema definitivamente. —Indica la princesa mientras se rasca la cabeza con la cera. —¡Plantad ahora árbolez de mandarina! —Les ordena apuntando con la punta de la cera.
—Princesiña Clementiña, los mandariños se plantan entre abril y junio. —Frutiardilla hace un descanso. —Estos frutales necesitan mucho soliño para que puedan vivir sanos y alegres. —Hace otro descanso. —Y nosotraaas… vivimos en un bosque. Los mandariños necesitan mucha luceziña. —Intuía que su respuesta molestaría mucho. Pero mucho, mucho, mucho a Clementina.
—¡Bah! Buuueno. —Clementina sigue sin hacer mucho caso. —Puez plantad zemillaz en macetaz —responde señalando con su pata a su amigurumi de pepita—. ¡QUIERO COMER MANDARINAZ! ¡YAAA! ¡TENGO HAMBRE! —gruñe mientras aplasta la plastilina entre sus patas delanteras. ¡Plof! La cera desaparece entre la masa.
¡Crac! De pronto, la pinza de madera que aprieta la nariz de Granardilla estalla.
Snif. Snif. La pobre ardilla percibe el olor nauseabundo de las patas de la princesa Clementina. ¡Puf! ¡Es asqueroso! ¡Es repugnante! ¡No puede soportar el perfume maloliente que emanan!
—¡Uf! ¡Voy a vomitaaar! Bua, bua, bua. —Granardilla llora. La pestilencia golpea sus ojos. —¡Ay! ¡Y la princesitaaa me da tanto mieditooo! ¡Quierooo a mi mamaitaaa! —Él tiembla despavorido. Y corre apresurado a cuatro patas en dirección a la puerta de salida.
—Una semilla de mandariña no será hoy un árbol frutal. Ni mañana. Ni pasado mañana… —Frutiardilla continúa hablando. No sé da cuenta del problema de su amigo. Ni advierte que los ojos de Clementina son un volcán.
Sabiardilla sí detecta la furia de la princesa. Con rapidez, coge a Frutiardilla. Alza a su amiga. Y la guarda en su bolsillo.
—ORDENO A LAZ ZEMILLAZ QUE CREZCAN MÁZ RÁPIDO. —Clementina ruge con voz de ogro de la caverna.
¡Crac! La pinza de madera que aprieta la nariz de Sabiardilla también estalla. La ardilla se tapa la nariz con las dos patas. Aprieta fuerte. Fuerte. Contiene la respiración.
—Eso no es posible princesiña. La semilla de mandariña germina lentamente. Primero saca sus pies. Los hunde dentro de la tierra. Después extiende sus manos hacia arriba. Fuera de la tierra. Luego sus piernas se alargan. Se estiran, estiran, estiran… Sus brazos también lo hacen. Intentan llegar al sol. El arbolito bebé crece, crece, crece… Lentamente, se convierte en un árbol grande. Un maravilloso árbol frutal. —Expone Frutiardilla desde dentro del bolsillo de Sabiardilla.
Frutiardilla es ajena a lo que sucede en el exterior.
Y ocurre algo espantoso mientras ella habla.
La sombra de Clementina se transforma en una criatura enorme. Tiene dientes afilados. Patas largas. Dedos puntiagudos con garras de aguja.
—¡Qué pezadaz zoiz! YO ORDENO A LAZ ZEMILLAZ QUE CREZCAN MUCHO MÁZ RAPIDO. ¡QUIERO COMER MANDARINAZ, YAAA! ¡TENGO MUUUCHA HAMBREEE! —El grito de Clementina es un trueno.
¡Crac! Un cuadro cae al suelo.
¡Clac, clac, clac! El espejo tiembla dentro del marco de cáscara de nuez.
La ventana de la habitación de la princesa se abre de par en par. ¡Yupi! ¡Qué alivio para Sabiardilla!
Pero el grito de Clementina es ahora un vendaval. Y la ardilla cocinera atraviesa volando la abertura rectangular de la pared. Sabiardilla desaparece en el bosque de coníferas.
El grito de la princesa se transforma en un huracán. Abre las demás ventanas de Casaardilla. Y prácticamente todas las de las restantes cabañas del reino Ardilla.
BRRR, BRRR, BRRR, BRRR… Las tripas de la princesa retumban. ¡Tiene muchísima hambre!
De pronto, la criatura oscura desaparece.
Clementina vuelve a ser una bola adorable de pelo. Una ardilla que da ganas de achuchar y abrazar. ¡Ella tiene un plan!
La princesa deja su habitación. Salta veloz y alegre hasta el salón. Allí coge el móvil de mamá. Teclea. Se confunde. Teclea otra vez.
Primero busca información.
—¡Oh! ¡Ah! ¡Ajá! —Encuentra lo que quiere.
Luego contacta con comercios con apertura 24 horas. No quiere despertar a nadie. Sabe que la diferencia horaria es muy grande.
—Buenoz díaz. ¿Cómo eztán en Chile? Zoy Clementina. Y quiero comer mandarinaz ya. ¿Por favor, puede enviarme unoz kilitoz de mandarinaz fortune? —pregunta con una vocecita de ardillita amigable—. ¡Me encanta zu toque ácido!
—Buen día. ¿Qué prefiere? ¿Envío normal en 1 hora, envío exprés en 5 minutos o servicio en un pispás me lo como ya?
—Por favooor, zervicio en un piz paz —suplica Clementina—. ¡Tengo muchííízima, pero muchííízima hambre!
La princesa también llama a Argentina. Compra mandarinas murcott, por sus gajos dulces.
Y después marca a Uruguay. Adquiere mandarinas avana. Porque tienen menos semillas que la mandarina común.
Antes de colgar y soltar el móvil de mamá ya se oye el estruendo alrededor del bosque de coníferas.
Niauuu, niauuu… Los aviones surcan el cielo.
Biip, biip… Los camiones entran y salen por la frontera.
Chucu, chucu… Los trenes llegan a punto a la estación.
Booo, booo… Los barcos atracan en el puerto.
La despensa de Casardilla está repleta. ¡Va a explotar! Hay kilos y kilos de mandarinas.
Ñam, ñam, ñam. Clementina comienza a zampar la fruta.
¡No se cansa! Ñam, ñam, ñam. Come durante horas. ¡Quiere comer más y más!
Ella no conoce suficientes recetas de cocina con mandarina. Y decide consultar a los sabios. Acude a la biblioteca a leer libros culinarios.
—¡Oh! ¡Ah! ¡Extraordinario! ¡Cuántaz buenaz ideaz!
La princesa lee las recetas. Elabora deliciosos platos. Ñam, ñam, ñam.
Pero se olvida de limpiar. ¡Deja la cocina patas arriba!
Ollas, cacerolas, cucharas, tenedores, platos, tazones… todos sucios.
Y chorreando.
Y amontonados sobre la mesa, el fregadero y la placa de cocina.
Tic, tac, tic, tac. Pasa el tiempo. Es media tarde.
La reina y el rey regresan del trabajo.
Ellos contemplan un hecho muy extraño.
No. No tiene nada que ver con la sorpresa de ver tanta basura pringosa en la cocina.
Tampoco con la desorbitada cantidad de cáscaras de mandarina.
Ni con las dunas de pepitas.
Tiene que ver con…
—¡Hola, mami! ¡Hola, papi! —Clementina saluda sonriendo. Está sentada en una de las sillas de la cocina.
—¡AGHGGGGGH! —Los monarcas gritan al verla.
¡Zas! Saltan hasta una rama de un árbol por una ventana abierta.
Están asustados. Tienen erizados todos los pelos de su cola. Y los bigotes muy estirados.
—Clementina, nena, cielo, eres… eres… eres… —La soberana no puede pronunciar la palabra.
—Petite. ¡ERES UNA MANDARINA! —aclara el rey—. ¡Oh, là, là! Querida.
—¿Queeeeé? ¿Zoy una mandarina? ¿Zoy una man-da-ri-na? ¡ZOY UNA MANDARIIINA! —La princesa ve su reflejo en el cristal de la alacena.
Boing. El sobresalto hace botar a Clementina desde la silla al techo.
—Nena, cielo, no vas a comer más mandarinas. Estás castigada —ordena muy seria la reina.
Boing, boing, boing… La princesa rebota contra las paredes.
Y se cuela por la ventana abierta. Pum, pum, pum… Golpea 1, 2, 3 ramas…
Clementina mandarina da vueltas. Viaja por el aire.
La reina y el rey están preocupados. ¿Cómo pueden conseguir que Clementina coma variado?
Su mamá hace lo mismo que tú cuando el sol dice adiós.
¡Clic! Enciende la luz. Pero del interior de su cabeza.
Ahora ve todo con claridad. ¡Guau! Tiene una súper idea. ¡Ya sabe cómo resolver el problema!
—Cielo —comenta la reina al rey observando el desorden de la cocina—. Parece que Clementina se quedó sin recetas. Y acudió a los sabios de la biblioteca. Los libros también nos pueden ayudar a nosotros.
—¡Magnific!, querida —responde el rey. Está impresionado con la inteligencia de su esposa—. ¡Oh, là, là! Otra gran idea tuya.
Mientras, Clementina mandarina continúa su aventura aérea.
—Grete, mira, mira, ¡un cohete! Mira, mira, ¡un cohete naranja asciende hacia nosotras! —comenta estupefacta una nube a otra.
—No, peque. ¡Parece que es una mandarina! —contesta la otra tras colocarse sus gafas. Está igual de sorprendida.
Clementina mandarina gira. Sube más alto. Gira. Sube mucho más alto. Gira.
Y en el cielo ella logra agarrarse a un globo.
¡Pum! Jacobo, el cascanueces, lo explota con su pico.
—¡Uy! Lo pío, píosiento mucho. —Se disculpa el ave.
Clementina mandarina gira. Cae más bajo. Gira. Cae un poco más bajo. Gira…
—¿Qué es eso? ¡ES UN QUESO! ¿Es un queso O Camiño Do Gozo? —pregunta, incrédulo Silvático, un ratón de campo, mirando al cielo.
Nadie le contesta. Él está frente al bosque de coníferas. Solo. En mitad del monte. Rodeado de hierba, flores y piedras. Protegido del sol por su gorra.
El roedor calcula la trayectoria del objeto naranja que desciende.
Él sabe que aún tiene tiempo. Aparta sus ojitos del cielo. ¡Pumba! Suelta sus prismáticos.
Por un segundo, cierra sus ojitos. Ladea su cabeza. Saborea en su paladar la textura tierna del queso que cae hacia él. Mmm…
En ese segundo, piensa mil recetas.
En ese segundo, el ratón se imagina en la cocina de su casa. Lleva puesto su delantal de cuadros.
El roedor elabora con su familia espaguetis de queso con crujiente de patitas de bichito, pizza de semillas con brotes tiernos de plantas y triple de queso, flan de queso con insectos, revoltijo de frutos secos aderezado con patitas de insecto y queso fundido…
Él mueve su naricita rosa. Olisquea el aroma de los ingredientes que se cocinan a fuego lento. Chup, chup, chup…
Silvático despierta de su ensoñación. Alza sus ojitos al cielo.
—Ya solo falta un minuto. Y ¡ñam, ñam! —comenta inquieto el ratón. Luego recuerda —. Tengo que compartir este queso con mis vecinos. Ellos me ayudaron el invierno pasao. Cuando cayó aquella nevá enorme. ¡Cubrió hasta la copa de los pinos!
Brrr, brrr. El roedor se estremece de solo pensarlo.
Silvático acomoda su gigantesca cesta de mimbre sobre la hierba. Espera. Lame su hocico. Espera. Lame su hocico. Espera…
¡Cataplún! Clementina mandarina aterriza justo en el centro del recipiente. Revolotean los pétalos de las flores entre la hierba. Sale volando la gorra de Silvático.
La princesa empuja la cesta. Sale rodando como una croqueta.
¡Qué desilusión! No es el alimento que esperaba el ratón.
—Muchaz graciaz por tu ayuda. ¡Muac! —agradece ella.
—Mandarinaaa, ten cuidao con la cabra Valentinaaa. Le gusta comer hierbaaa. Pero tus hojas son una golosinaaa —advierte amable Silvático. Ya está recuperado del chasco.
Boing, boing, boing… Clementina mandarina regresa a Casardilla botando.
Entre tanto, la mamá y el papá de la princesa han revisado los libros de la biblioteca.
¿Conseguirán que su hija coma variado?
Parece que ellos han encontrado una solución.
Y ella ya llegó hasta Casardilla.
Pero la reina y el rey quieren hablar primero con su peque de otra importante cuestión.
Entre ellos no hay ninguna discusión.
Pues, aunque el viaje aéreo de Clementina mandarina ha sido de rápida duración. Ella ha pensado en sus acciones. Y ha llegado a una conclusión.
—Mami, papi. Lo ziento mucho. Me porté mal. Muy mal. No tengo juztificación. Ziento haber uzado tu móvil zin permizo. Y comprar toneladaz de mandarinaz. Y ahora mizmo, voy a dizculparme con Frutiardilla, Sabiardilla y Granardilla. Y dezpuéz, voy a limpiar todo lo que enzucié —explica la princesa curvando el tallo y dejando caer las dos hojitas verdes que ahora tiene por orejas.
—¡Oh, là, là! Petite. Tienes nuestra aprobación —responde el rey.
—¡Muac! ¡Muac!
Los tres se abrazan.
Tic, tac, tic, tac. Limpiando y limpiando, transcurre el tiempo.
La reina, el rey y Clementina mandarina se sientan a cenar.
—Toma, maaanda… digooo… Clementina. Prueba este trampantojo de mandarina —dicen los monarcas a la vez.
La princesa tiene delante de ella una mandarina gold nugget. Una fruta que parece una calabaza pequeña.
Snif, snif, snif. Ella olisquea el contenido del plato.
Tiene aroma a mandarina. Tiene el aspecto de una mandarina. Y tiene la textura rugosa de una mandarina. Pero…
Ñam, ñam, ñam. La princesa lo prueba. ¡No tiene el sabor de una mandarina! ¿Sabe a…?
—¿Raícez? Poz eztán muy bouenaz —comenta ella con la boca llena—. Muchaz graciaz, mami. Muchaz graciaz, papi. ¿Puedo repetir?
Días más tarde, Clementina mandarina no pide comer trampantojos.
—Mami, papi. Quiero comer nuecez. Quiero comer talloz. Quiero comer inzectoz… Mmm, ¡qué rico ez comer variado!
Con el tiempo, Clementina mandarina recupera su cuerpo menudo de ardilla.
Primero, desaparece una diminuta hoja verde. Y aparece una oreja…
Después, le crece un pelito, dos…
—Mami, papi, mirad. ¡Ya tengo trez pelitoz!
Por último…
¡Puf!, recupera su característico mal olor de patas.
Espera, espera un momento. ¿Qué pasó con los otros personajes del cuento?
Jacobo, el cascanueces, ya no pincha globos.
Ahora usa una cuerda. Los ata con destreza.
Y los tira al contenedor. ¡Dejan de ser un estorbo!
En el mar o en la tierra los globos son basuraleza.
Frutiardilla planta con cuidado pepitas de mandarina.
Un poco de agua. Otro de sol. ¡Mira, mira otra germina!
La biblioteca familiar de Casardilla es ahora comunitaria.
Y Sabiardilla se ha convertido en la nueva bibliotecaria.
Granardillo elabora recetas con cáscara de mandarina.
Condimento, infusión… anota sus ideas en una cartulina.
Silvático, el ratón de campo, se ha hecho muy famoso.
Pues confundió a Clementina mandarina con un queso.
Bueno, no obtuvo un queso. Pero sí algo mejor que eso.
¡Una nueva amiga! Ya que fue amable y respetuoso.
Clementina ya no descuida la higiene de sus patas.
¡Yuuupi! Ya no huelen mal. ¡No provocan arcadas!
¿Te ha gustado el cuento? ¿Mucho? ¿Poco?
Por favor, deja tus comentarios.
Recuerda. Este cuento infantil está bajo protección del Registro de la Propiedad Intelectual.
¡Disfruta el día!
Deja un comentario