Cuentos cuento

Cuentos infantiles originales


¿Quién te ayuda cuando cae una lluvia de castañas?

El Castañar de El Tiemblo lleva puesto su manto verde. En unas semanas lo cambiará por una chaqueta de abrigo. Y tapará su ombligo con colores otoñales.

Erináceo, el erizo, se estira en su cama de hojas. Salta, desayuna.

Ploc, ploc, ploc. Las gotas de agua caen sobre el lavabo de cáscara de nuez. Se limpia su cabeza triangular. Las orejas pequeñas y redondas. ¡Y se cepilla los dientes!

Ji, ji, ji. Jo, jo, jo. El pequeño mamífero no puede contener la risa cuando se peina. Él solo tiene diez púas en todo su cuerpo. Y el utensilio le hace cosquillas en el dorso.

Ahora, el erizo coloca sobre una carretilla una ensalada de raíces de hierba y lombrices de tierra. Aderezada con un puñadito de insectos variados. ¡Deliciosa!

Luego, tres castañas.

Después, una manzana jugosa.

Y, por último, una calabaza miniatura con agua fresca.

Chiiir. Él abre la puerta de hojarasca y ramitas de su hogar. Y sale de la cavidad situada entre las raíces del Sr. Castaño.

Huele a fresco. Fuuu, fuuu, fuuu. Y un viento fresco revolotea entre su pelaje parduzco. Enseguida, él saluda a Garru y al Sr. Castaño.

El arrendajo está enterrando una bellota. Responde alzando una de sus alas.

En cambio, el Sr. Castaño no dice nada. El árbol de tronco retorcido repleto de frutos sigue durmiendo sosegado.

Erináceo empuja la carretilla con su comida. Y mueve, a cada paso, su corta cola de izquierda a derecha. Se para. Empieza a limpiar la senda del bosque. Coge un tapón. Camina. Un envoltorio. Camina. Una chapa…

Tic, tac, tic, tac… Pasa el tiempo.

En la otra dirección viene su vecino. Siempre comen juntos. Hoy se sientan sobre una piedra.

—Plomizo, ¿qué vaz a conzumir hoy? —pregunta Erináceo.

—Gusanos en conserva. Pero hoy no tengo nada de hambre. Ni una pizca de sed.

—¿Otra vez? Ez zaludable comer variado —sugiere masticando cada bocado.

Grrr, grrr, grrr. De pronto, los erizos oyen un rugido de tripas.

Plum, plum, plum. Luego unos pasos. Retumban. Hacen saltar sus cuerpos menudos.

Después, el día se oscurece con una sombra.

Y al alzar sus ojitos, los erizos se asombran al ver a…

—Hola, holita. Soy Ursa. Mi amiguita y yo estamos haciendo la ruta Jacobea Levantina —explica una osa parda, señalando a una serpiente herradura que lleva enroscada en su pata derecha. —¡Empezamos en San Martín de Valdeiglesitas! Pero nos hemos desviado hasta el bosquecito. Porque yo quería ver al Abuelo. Y ahora yo tengo tanta hambrecita que no puedo dar un pasito más. GRRR, GRRR, GRRR.

—Hola. Sssoy Ssserafina Herradura. —dice la serpiente. —Y estamos tan cansás que no creo que lleguemo a Cebreros. ¡Tengo tanta hambre que me comería una osa!

—¿Una, osa? —preguntan todos sorprendidos. Ursa, del susto, patalea. ¡Plaf! El reptil choca contra el suelo. 

—¡Ay! No. E broma. Lo que tengo é mucha sé. Y, ahora, un poco de mareo.

—¡Vaya osa más mentirosa! En Madrid no hay osos pardos —susurra Plomizo a Erináceo. Al mismo tiempo, engulle todos sus gusanos en conserva.

—¡Dijizte que no teníaz hambre! —comenta extrañado. Y ofrece a Ursa sus castañas y la manzana. Y retira el pedúnculo de su calabaza antes de dársela a Serafina Herradura.

—He cambiado de opinión —masculla apresurado Plomizo, soltando un gusano. Glup, glup, glup. Y bebe su agua de un trago. El líquido resbala por sus pelos. Se pierde entre la tierra. —Uy, uy, ¡qué dolor de tripa! Bua, bua, bua. Me voy a casa —explica entre lágrimas. Algo me ha sentado mal.

—¿Quizá… sssea… por comé tan rápido? —opina el reptil.

—No te vayaz zolo Plomizo. Estáz enfermo. Venga, zúbete a mi carretilla. Yo te llevo a tu cabaña. —Propone Erináceo. Y se despide de las peregrinas. Muac. Muac.

—Muchas gracias, amigo. Sin hambre y sin sed, podemos seguir nuestro camino —responden ellas, agradecidas por la generosidad del erizo.

Erinánceo acompaña a su vecino hasta su cama. Lo arropa. Y se va a su hogar…

En ese momento, el Sr. Castaño comienza a despertarse. Estira una rama. Pum. Cae una castaña cerca de la cabaña de Plomizo. Erináceo da un saltito. La esquiva. ¡Uf! ¡Qué cerca pasó esa!

El árbol, aún dormido, alza otra rama y comienza a rascarse. Tiene un nido en una horquilla. Pum, pum, pum. Se desprenden uno, dos, tres frutos. Al erizo no le da tiempo a salir corriendo. Uno se engancha en una de sus diez púas. Intenta quitarlo con las extremidades posteriores. No puede.

Pum, pum, pum. El árbol suelta más frutos. Erináceo se enrolla sobre sí mismo.

Pero no tiene suficientes púas para protegerse. Y las castañas y sus cápsulas espinosas le golpean el cuerpo.

—¡Ay, ay, ay! —grita el erizo.

Serafina Herradura llega reptando. Se enrolla sobre el pequeño cuerpo tirado en la tierra.

Pero el Sr. Castaño sigue desperezándose. Ahora mueve todas sus ramas con fuerza. Pum, pum, pum, pum… ¡Cae una lluvia de castañas! El sonido es atronador.

Tras la serpiente llega Ursus. Se agacha. Y con su cuerpo, protege a Serafina Herradura y Erináceo de la lluvia de castañas. Hasta que cesa.

¿Te ha gustado el cuento infantil? ¡Me alegro mucho! 🙂

Puedes leer una versión en la web de la Asociación Intercultural Hipatia:

Una alimaña, una lluvia de castañas y dos nuevos amigos como dos montañas



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