El lobo Lobito coge un lápiz. ¡Y también mucho papel!
Luego una goma. Y coloca todo sobre un viejo mantel.
Se sienta en una silla. Comienza su carta a Papá Noel.
¿Ha sido un lobo bueno o malo? Eso solo lo sabe él.

—Querido Papá Noel. Me presento. Yo soy el lobo Lobito.
Soy un mamífero carnívoro. ¡Ñam! También como pescaíto.
Soy un ser bonito. Cada día, me cepillo mis dientes despacito.
Después, los afilo. Uno auu uno. Y me limo las uñas, un poquito.
—Señor Papá Noel. Le explico. Hoy, viene mi familia de Sevilla.
Yo quería hacer una manzanilla. Una tortilla. Y una tarta sencilla.
Salí al campo. Vi una palomilla, un arbusto grande de zarzaparrilla…
¡Y a Caperucita! Ella vestía de rojo. La confundí con una rica frutilla.

Toc, toc. Llaman a la puerta del lobo Lobito. Él arruga su hocico.
No se levanta. Su barriga es enooorme. ¿Del tamaño de un borrico?
No. ¡Más grande! Dudo que en ella haya espacio para un solo kiko.
Lalalá, lalá, lalá. A lo lejos, se escucha cantar un alegre villancico.
¡Crac! La silla se quiebra. ¡Pumba! El lobo Lobito cae al suelo.
Brrr, brrr, brrr. Él siente frío en su trasero. ¡El suelo parece hielo!
Una lágrima cae por su pelaje gris. Y otra. Y borran cada hoyuelo.
Él coge el lápiz y el papel. Y continúa su carta apoyado en el chelo.
—Señor Papá Noel. Hoy, yo quería desayunar algo muy suculento.
Salí al campo. Y recogí un pimiento. Fuuu, fuuu, fuuu. Sopló el viento.
Yo volé lento. Atravesé una ventana abierta. Terminé en un aposento.
Junto auu una abuelita con un tocado amarillento. ¡Qué condimento!
El lobo Lobito deja de escribir. Mira su cuerpo. No ve ninguna pata.
Su panza es enooorme. ¿Del tamaño de una carroza de la cabalgata?
¡Sí! Igual de grande. ¿Cómo saldrá de casa? Girando como una patata.
¿Y cómo llegará hasta el buzón de correos? Rodando por la escalinata.
—Señor Papá Noel. Lo confieso de una vez. No desayuné una pequeñez.
Ñam, ñam, Caperucita. Ñam, ñam, la abuelita. Y hasta ñam, ñam, su pez.
Querido Papá Noel. En vez de un juego de ajedrez, yo me pido esta vez…
Algo que cure mi dolor de barriga. Por favor, con rapidez. ¡Siento pesadez!
¡Burp! El lobo Lobito eructa. ¡Puaf! Tápate la nariz. ¡Huele repugnaaante!
Eso provoca un vendaval. Y su carta llega hasta Papá Noel. ¡En un instante!
¡Prrr! El lobo Lobito suelta un pedo. Su ventosidad supera a la de un elefante.
Él sale despedido. Y llega hasta la casa de Papá Noel de forma poco elegante.
—¡Tervetuloa a mi hogar, lobo Lobito! Ho, ho, ho. Acabo de leer tu escrito.
Yo hago magia con mis elfos y renos. No te puedo ayudar, ni un poquito.
Pero hay una persona que viste bata blanca. Y, por este frío, lleva un gorrito.
Se llama Nora. Es veterinaria. Ella te cura. Hoy, y cuando seas un viejecito.
—Muchas gracias, señor Papá Noel. Entonces, voy rodando para ver a Nora.
—No, lobo Lobito. Ella está de guardia. Ho, ho, ho. Nora viene ahora.
—Ola, lobo Lobito. Vou escoitarte. ¿Permíteme? —Ella actúa sin demora.
Y entrega al lobo Lobito una pastilla. Él se la toma. ¡Puf! Sabe a mora.
¡Stup! Lobo Lobito escupe a la abuelita. ¡Stup! Escupe a Caperucita.
¡Stup! Escupe al pez. ¡Plof! Cae al vaso de agua que hay en la mesita.
¡Stup, stup, stup! Escupe una pepita. Una margarita. Y una mariquita.
—¡Guauuu! Nora, eres sabia y erudita. ¡Eres mi veterinaria favorita!
Al lobo Lobito ya no le duele la tripa. Y en solo un ratito…
¡Él tiene hambre! Mucha, mucha. Le apetece algo exquisito.
Grrr, grrr. Ruge su tripa. ¿Con qué puede satisfacer su apetito?
Lobo Lobito sale al campo. Él curiosea. Y…
¿Te ha gustado el cuento? ¡Me alegro mucho! 🙂
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¡Disfruta del día y de una Feliz Navidad!
(Cuento bajo protección del Registro de la Propiedad Intelectual)
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