Cuentos cuento

Cuentos infantiles originales


La princesa dormilona

A la princesa Alisa le toca ser princesa. Y eso le produce tedio. Y un enooorme dolor de cabeza. ¡Jolines! La corona pesa una barbaridad.

La pequeña no es nada discreta. No disimula su aburrimieeento en ningún momento. Acude a las recepciones con su almohada. Y a los bailes vestida con su edredón para dormir hasta la madrugada. Se desploma en el suelo. Y se hace un ovillo. O se enrolla en la alfombra. Brrr. ¡Cuánto frío hace en el castillo!

Incluso en las comidas aprovecha para dar una cabezada. Lo cual provoca que todas las barbas y cabelleras terminen empapadas o cortadas. Su mano suelta la cuchara. ¡Chof! Cae sobre el plato de consomé. Un fideo vuela por aquí. Otro por allá. El cuchillo escapa de su mano. ¡Paf! Y una albóndiga se estampa contra una persona y termina convertida en una curiosa corona. 

Una noche, Alisa se va a dormir. Tic, tac, tic, tac… ¡Quiquiriquí! Y continúa haciéndolo al amanecer. Tic, tac, tic, tac… ¡Quiquiriquí! La escena se repite una y otra vez.

En la corte no se ponen de acuerdo. Unos quieren llamar a un príncipe para que despierte a la princesa. Otros no. Finalmente, se hace un sorteo. Y ganan los primeros.

El candidato elegido para la misión es un príncipe encantador. Se llama Mateus.

Él es dulce y tierno como una magdalena recién horneada. Ama cocinar. De hecho, su especialidad es la tortilla española. Con cebolla, claro. Sus croquetas son resultonas y los macarrones con repollo están para chuparse los dedos. Aunque provocan pedos. Odia las batallas. Prefiere dialogar. Gracias a ello, ha establecido acuerdos de colaboración mutua que benefician por igual a las comunidades de ogros, dragones, personas, flora y fauna.

No obstante, en la corte, encuentran un problema. El príncipe vive con los pies pegados al suelo. Amarrado a la realidad. A las imposiciones. Su corazón no muestra interés por alcanzar sus sueños.

—¡Ojú! Eeeh, bueno… yooo… po está bien. Acep… acepto la misión —responde Mateus. Incapaz de negarse a algo, como siempre. Aunque, en realidad, no desea hacerlo.

—Maravillosa contestación, joven. Le recomiendo leer cuentos. Muchos cuentos. Todos los cuentos que caigan en sus manos. Comience ahora mismo —aconseja la bibliotecaria mostrando su sonrisa entre los rizos amarillos de su flequillo.

Mateus desconoce la labor de las hadas madrinas y el poder de los hechizos. Ignora que las carrozas se transforman en calabazas. No cree en unicornios, y mucho menos en el ratoncito Pérez, Papá Noel o los Reyes Magos. ¡Porque nunca ha leído o le han leído un cuento!

Pero, dispuesto a cumplir el encargo, el príncipe pone en práctica la sugerencia de la sabia bibliotecaria. Y una mañana…

—¡OJÚ! ¡Hay un hilo fino y transparente que une er mundo real con er mundo de los sueños cumplíos!

Algo cambia en el interior de Mateus. Su cuerpo no se siente pesado. Es ligero. Flota a cada paso. La semilla de la ilusión crece, crece, crece de sus pies a la cabeza. Se acepta. Se valora. Se quiere. Y se atreve a decir lo que siente.  

—Corte. Yo no beso a chicas. Aun así, superaré mi tarea. Mi mami me dio mu buenas ideas —explica el príncipe guiñando un ojo y recordando su infancia.

A continuación, Mateus entra en la habitación de la princesa Alisa. Lleva una pluma y a su amiga la mofeta. Repite las mismas artimañas que su mami hacía con él.

Primero, restriega el culo de la mofeta en la nariz de Alisa. Ella no despierta.

Después, pellizca su nariz. Alisa no despierta.

Por último, destapa el edredón. Dispuesto a usar la pluma para hacer cosquillas en sus pies. Pero…

—¡Puaf! —Su cara se pinta de color violeta. Y luego adquiere el tono de una berenjena. Su lengua cae hacia la comisura de su boca—. ¡Ojú, chiquilla, cómo te huelen los pinreles! No me extraña que no te afecte el olor de una mofeta —exclama el príncipe tapando su nariz con el trasero del mamífero.

 —Snif. Snif. Pois tes razón —contesta Alisa con un ojo abierto. El otro está pegado por las legañas—. Ahora mismito vou dar una ducha. Ya sé lo que quero hacer. ¡Vou ser probadora de colchones!

—¡Ojú! Po yo quiero ser cocinero. Voy a crear un restaurante de verduras a la plancha con mi crush, er dragón.

Y así fue como todos en el reino fueron felices, sin necesidad de comer perdices.

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