Cuentos cuento

Cuentos infantiles originales


¿Qué has hecho, Ava?

Lunes. En los jardines de la comunidad.

Dos peques circulan con su trichicle camino del estanque.

—Stop. STOP, compis. Va a pasar una mariquita. —Adopto la posición de un espantapíopios. Copio la expresión de mi mami cuando digo que no puedo tragar ni una judía verde más. Pero estoy dispuesta a comer y relamer todita la fuente de macarrones con salsa de tomate.

Ellos se paran.

Uno aprovecha para meterse el dedo en su nariz. Hurga. ¡Puaf! Saca un moco. Ñam. ¡Se lo come! Le ofrezco un pañuelo.

La otra se frota los ojos. Observa el aleteo de la mariquita. Le ofrezco una lupa.

Yo también sigo al insecto de lunares con mi vista. Giro mi cabeza de derecha a izquierda.

Me topo con la terraza del señor vecino. Me ajusto las gafas. Vaya, vaya. Hay una tortuga dentro de un terrario para plantas. Y un perro acostado esperando junto a la puerta acristalada. Tiene un sombrero de paja adornado con una pluma. ¡Ay, no! Es un gato hecho un ovillo con una lora encima.

¡Crash! Mi corazoncito de peluche se resquebraja. Camino de vuelta a casa con la cabeza gacha. Mi cuerpo encoge como mis jerséis cuando crezco. Mis pies son piedras.

Martes. En los jardines de la comunidad.

Dos peques juegan a las canicas en el camino de tierra del estanque.

—Stop. STOP, compis. Está pasando una familia de hormigas —advierto.

Ellos paran.

Uno aprovecha para limpiarse los mocos con el pañuelo.

La otra observa los insectos con la lupa.

Yo también sigo a la familia con mi vista. Giro mi cabeza de derecha a izquierda.

No veo montículos entre la hierba. La hilera de puntos negros camina por un sendero invisible. Avanza, avanza, avanza. Las minúsculas antenas y patas son engullidas por un tronco caído. ¡Ah, claro! Son hormigas carpinteras. Me topo con la terraza del señor vecino. Me ajusto las gafas. Vaya, vaya. La tortuga continúa dentro del terrario para plantas. El perro continúa acostado esperando junto a la puerta acristalada. El gato continúa hecho un ovillo con la lora encima.

¡Crash! Mi corazoncito de peluche se rompe. Camino de vuelta a casa con mi cabeza burbujeando. Igual que el caldiño de mi yaya cuando está al fuego. ¡Pum, pum, pum! Las pompas explotan. ¡Tengo que hacer algo! Y sé lo que voy a hacer. ¿Adivinas? ¡SÍ! ¡Voy a liberar a esos animales atrapados!

Miércoles. En casa. Y en la terraza del señor vecino.

Intento ponerme en la cabeza una media de mi mami. Eso es lo que hacen los cacos en las pelis para que no los pillen. Usar una media. Pero me aplasta la nariz. Y no puedo respirar. No es buena idea.

A pesar del calor, me abrocho mi sudadera de algodón. Me cubro la cabeza con la capucha. Tap, tap, tap. Camino de puntillas en dirección a la terraza del señor vecino.

¡OH! ¡AH! ¡AAAY! ¡Cuántos cactus! Boing, boing, boing. Salto como una pelota de una maceta a otra. Shrrrrrr. Deslizo la puerta corredera de la terraza. Entro dentro.

Veo a la tortuga, al perro, al gato y a la lora. Les abrazo con un susurro. Les hago señales para que salgan al exterior.

El perro levanta una ceja y la baja. El gato no se mueve. La lora se gira y me enseña el trasero. ¡No entiendo qué les pasa! ¿No quieren disfrutar de la libertad?

Agarro la tortuga y la lanzo fuera. Gira como un búmeran. Directa al estanque. ¡CHOF!

Cojo a la pájara bonita con ambas manos. ¡Muac! Le doy un beso. La lanzo al viento. Y la veo desaparecer entre las hojas de los árboles.

¡Vamos, vamos! Animo al perro y al gato. No se mueven. Ni un solo pelo cambia de posición.

Empujo al perro. ¡JOLINES! Parece pegado al parqué con pegamento. Levanto su pata. Lo compruebo en un momento. Todo está correcto. Entonces, ¿por qué no sale corriendo?

Frufrú, frufrú. Oigo ruidos dentro de la casa. ¡Uy, uy, uy! ¡BOING! Pego el brinco más grande de mi vida. Y salgo corriendo.

Jueves. En la habitación de Ava.

—Ava, ñaña, ya sé lo que has hecho. —La luz exterior traspasa la cortina y pinta el rostro de mi hermano de verde. Parece un ogro.

Lo miro con cara de magdalena recién horneada. Las que son mini, como yo.

—Eeee… ¿Qué? No sé de qué me hablas. —Levanto mis hombros. Mi hermano es sabio. Siempre consulta el palabrario, el libro de palabras para usar a diario. Pero disimulo.

—¿Seguro, ñaña? ¡Cómo se entere mamaíta de lo que has hecho, mamaíta se va a enfadar mucho contigo, Ava!

—Eeee… ¿Qué? ¡No, no! Vale, ¿quién te lo ha dicho?

—Esta lora. —Mi hermano muestra al ave que tenía escondida detrás suyo. Sí, es la mismita pájara bonita que liberé ayer de la casa del señor vecino.

—Pla, pla. Soy Ava. Shhh. No te asustes. Pla, pla. Ahora eres un sé libre. ¡Sal a descubrí el pla, pla, planeta! —parla la lora y me señala con su ala.

¡Jolines! ¡Menuda chismosa! Resulta que la lora es una traidora. Y una desagradecida. ¡Con lo que me costó colarme ayer en esa terraza repleta de cactus con pinchos! ¡Menuda pajarraca!

—Ava, ñaña, tienes que disculparte con nuestro vecino.

Quiero esconder mi cabeza bajo tierra, como el avestruz. O ser invisible, por un ratito. Pero no me da tiempo. Mi hermano me empuja tan fuerte que hago surcos en el suelo.

Llegamos frente a la puerta del señor vecino.

Me transformo en agua. Y desaparezco en mis deportivas blancas sin cordones.

Mi hermano se agacha. Introduce su mano en el interior del calzado. Pesca una de mis orejas. Tira de mí hacia arriba, con delicadeza, y me agarra de la mano.

—Ava, ñaña, pierde el miedo. Te pesa en los bolsillos. Te impide caminar —sonríe. Sus pecas hacen que parezca un tierno pan de hamburguesa—. Y a ti te encanta correr al aire libre, ¿verdad?

Toc, toc. Toc, toc.

Nadie abre la puerta.

Viernes. En el recibidor del señor vecino.

Toc, toc. Toc, toc.

—Está aberto, está aberto. Adelante —invita el señor vecino.

Su voz de tronco de alerce se entremezcla con el aroma de pinturas orgánicas de remolacha y cúrcuma. ¡Las hicimos un día en mi anterior cole! Pero, ¿el señor vecino conoce el nombre de mi hermano? ¡Acabamos de mudarnos a este vecindario!

—Eee… Sí, es Alberto. Y yo, Ava —respondo algo extrañada.

—Ah, bien, bien. Yo, Alberte. Son galego.

—Eee. Nosotros somos de aquí. Somos madrileños.

—Ah, bien, bien. Sois gatitos, entonces —comenta el señor vecino.

—Eee. ¿Gatitos? Señor vecino, ¿necesita gafas como yo? —Me quito las mías. Se las tiendo.

—Ejem, ejem. Disculpe, vecino, aquí tiene a su lora —interrumpe mi hermano.

—¡Loliña! Moitas grazas, joven. ¡Muy amable! Me debí olvidar de cerrar la puerta de la terraza. Pensé que había perdido a miña Loliña para siempre. —La abraza.  —¿Queréis una chocolatinita?

El señor vecino destapa una caja de cristal de la consola de madera. Nos la acerca.

Mientras, la lora me saca la lengua. Mueve su cabeza de un lado a otro. Y camina directo a la terraza.

—¡SÍ! Gracias. ¡Guau! Está boenísima. —Mi hermano devora el chocolate. Casi traga el dulce sin quitar el envoltorio. Agarra otra.

—Son malas para los dientes. Dice mi mami. —No estoy muy convencida de comer algo que me ofrece un extraño.

—Bueno, bueno, pequena, yo no tengo que preocuparme por ello, ja, ja, ja.

—El señor vecino abre su boca. Retira su dentadura.

—¡Ay, va! ¡UN MAGO! —grito sorprendida.

—¿Mago? La vida nos hace a todos meigos, ja, ja, ja. Tú también o serás. —Y me guiña un ojo.

—¡YUUUPI! ¡Voy a ser una maga!

—Ejem, ejem. —Por un momento pienso que mi hermano se atraganta zampando tantos dulces. Pero no. Me toca con su codo. Me susurra. —Es el momento, Ava, ñaña.

 Quiere que confiese. Que me disculpe.

Abro la boca. Oigo las palabras en mi interior. Pero ni mis oídos, ni los de mi hermano, ni los del señor vecino las escuchan. Pruebo otra vez.

—Eee. Yooo. Lo sisiento muuumumucho.

—¿Qué pequena?

—Eee. Ayer me colé en su terraza. Y solté a su lora. —Lancé todas las palabras.

—Bueno, bueno, pequena. Loliña ya está na casa —sonríe. Pero sus ojos son las orillas de un lago.

—Eee. Yooo. Veo siempre a los animales sentados junto a la puerta de su terraza. Pensé que se los maltrataba.

—Bueno, bueno, pequena. Tes razón en…

—¡LO SABÍA! —interrumpo.

—Ejem, ejem.

—Verás, pequena, a miña mujer y yo éramos pintores. Colliamos a nosos bártulos y pintábamos en la terraza junto a nosa familia. Todos ellos la echan de menos —explica mirando al perro, al gato y a la lora—. Un día le crecieron alas…

—¡Como a mi papi! Voy a darle un abrazamor, como hago con mi mami. Si me da su permiso, señor vecino, claro.

—¿Abrazamor?

—Mi ñaña Ava siempre inventa palabras. Trichicle en lugar de triciclo…

—¡Claro! Cuando lo usas vas más rápido y estiiiras el tiempo —razono.

—Bueno, bueno, é divertido, ja, ja, ja. Joven, me parece que su ñaña es ingeniosa.

Le doy al señor vecino un abrazo con amor. Mis manos no se quedan en la superficie. Miman su corazón.

Sábado. En la cocina. Durante el desayuno.

—Eee. Albertooo.

—Dime, ñaña. ¿Qué has hecho esta vez, Ava?

—Eeee. Albertooo. También. También. También solté a la tortuga del señor ve…

—Ava, ¿soltaste a su tortuga?

—Eee. La lancé al estanque para que se bañara —aclaro.

—¡Al estanque! ¡NOOO! —La avena del desayuno sale por sus orejas y la leche por su nariz.

—Eeee. ¿Es algo malo?

—Ava, ñaña, vamos a buscar a la tortuga. Allí hay pedruscos. Igual se ha fracturado el caparazón.

Tiiic. Corrimos veloces. Taaac. Dilatamos el tiempo. Tiiic. Llegamos al estanque.

Encontramos a la tortuga del señor vecino oculta entre unas rocas. Escondida dentro de su caparazón. Rodeada de otras tortugas. Todas toman el sol y abren y cierran sus hocicos similares a picos.

—Alberto, creo que tienen hambre. ¡Busquemos insectos, gusanos y lombrices! —propongo.

—¡PUAJ! —Él pone cara de ascaca. La cara de asco de cuando pisa una caca.

—Vale, Alberto. Tú, busca raíces. Yo me encargo de los insectos e iiin…

—Invertebrados.

—Y, Alberto, no te preocupes. Las tortugas no tienen dientes. Y yo estoy contigo.

Mientras los reptiles devoran un festín de insectos acuáticos e invertebrados, cogemos a la tortuga del señor vecino. Esa noche, toda su familia vuelve a dormir junta.

Domingo. En el planeta de los mimos.

Toc, toc. Toc, toc.

—Está aberto, está aberto.

—No, esta vez no es Alberto. Soy yo, Ava. Señor vecino, ¿quiere dar un pasemor en familia?

—Ava, pequena, ¡claro que quero dar un paseo con persoas que me aprecian! —Una lagrimita diminuta del tamaño de un punto escapa de cada uno de sus ojos. Pero yo, con mis gafas, las percibo.

—¡MUAC! Señor vecino, no esté triste. Su mujer tiene un nuevo amigo, mi papi.

Minutos después, salgo de paseo con mi mami, mi hermano, el señor vecino, su perro, su gato, su lora y su tortuga.

Y todos los demás domingos, también.

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