Ayer sentí un flan dentro de mí. Quise quedarme bajo el edredón. GRRR. Pero mis tripas me llevaron a la cociña. Ñac, ñam. Desayuné. Y rescaté de la lavadora mis calcetines de la suerte. Snif, snif. El olor a pies era soportable. Me los puse. Oooye, no pongas esa cara.
Me cepillé los dientes. Me miré en el espejo. Vi el huevo de mi incisivo central. Y sonreí. ¿Me traerá el Sr. Pérez a un amigo? Por si acaso, ideé un plan alternativo.
Eché agua en la regadera, la introduje dentro de la mochila. Encima del táper de comida casera. Mmm, ¡deliciooosa! Mi avoa cocina tan bien que lamo hasta mi plato cuando ella no me ve.
Abrí la puerta del portal. Cerré la puerta del portal. Di un paso, dos. ¡Puaf! Mi zapato derecho pisó un chicle. Se quedó pegado al suelo. Tiré fuerte. Y llegué dando una voltereta hasta la puerta de la escola.
—Hola, callaberos… digo… compañeros. Soy Lila.
Las palabras salieron de mi boca. Pero ni yo misma las oí. Se escondieron en mis bolsillos.
—Me llamo Nino. —Al fondo de la clase, un neno levantó su mano y me saludó.
Recorrí el pasillo central dando saltos entre las filas de pupitres. Me senté a su lado. Dispuesta a ser su mejor amiga.
Pero, como dice mi avoa, la amistad hay que cultivarla.
Saqué la regadera de mi mochila. Plic, plic. Vertí unas gotitas de agua sobre Nino. Mientras lo hacía, observé un charco amarillo en el suelo. Bajo su silla.
—NINO SE HA HECHO PIPÍ. JA, JA, JA. NINOPIPI —gritó un neno señalando con su dedo índice.
Los demás nenos reían.
Nino no tenía cabeza. Tenía un tomate.
—Si se burlan de un compañero, no me río. —Mi voz era el hilo de una costura invisible.
Llegó el profe. Y con él, el silencio. Cri, cri, cri. Oí los grillos cantando en Argentina.
Los dientes de Nino castañeteaban. Mientras el profe inventaba una nueva escritura en la pizarra, aproveché para abrigarlo con mi bufanda.
Porque, como dice mi avoa, la amistad hay que cuidarla.
Tictac. Las manecillas del reloj se movían a paso de tortuga.
Vi que Nino abrió la boca. Un poco, otro poco, ¡mucho! Pobriiiño, tenía fame.
Destapé mi táper, porque, como dice mi avoa, la amistad hay que alimentarla.
Zas, zas. Le lancé dos albóndigas.
—Ja, ja, ja. Nino es un glotón. Parece un bidón.
—Reírse de otra persona no es gracioso —aclaré al neno.
Ring, ring. Sonó el timbre del recreo.
Las nubes lanzaban canicas de hielo. Nos fuimos a la biblioteca. Unos jugaban a juegos de mesa, otros pintaban o hacían sopas de letras. ¿Y Nino? ¡Nino no estaba!
Regresé a clase. Estaba helada. Me pareció ver a un pingüino esconderse en una mochila.
Nino seguía sentado en su pupitre. Solo.
—¿Qué te pasa, Nino?
Él comenzó a llorar. Me quedé a su lado hasta que sonó el timbre del final del recreo.
RING. Terminó mi primer día en la nueva escola.
—Lila, gracias, ¿quieres ser mi amiga? —preguntó Nino.
Lo abracé. Me quedé pegada como un caramelo en el pelo.
Hoy tengo un amigo. Se llama Nino.
Aunque mi avoa dice que no es por cuidarlo como si fuera una lechuga. ¿Tú qué crees?

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