Cuentos cuento

Cuentos infantiles originales


Esqueletos y calabazas, ¡mágico Samaín!

¡Hola! Me llamo Manu. Viajo con mi mami, Mariña, y nuestro familiar peludo, Lúa. Vamos a Galicia. A una aldea.

Queremos pasar unos días con Xela, la tita abuela de mi mamá. La vieja momia. La señora máaas antigua que conozco. Vaaale. Lo siento. Tengo prohibido usar motes ofensivos. Y ella es una persona mayor. Y está pachucha.

Llevamos en la maleta muuuchos mimos. Kilos de abrazos doblados. Botes llenos de besos. Además, nos acompaña Lúa. Ella se lleva tooodas mis tristezas y miedos con sus lametones. Igual puede cuidar con nosotros a la tita abuela de mi mamá.

Mi mamá conduce. Lúa, peluda y grandota, duerme a mi lado. La carretera serpentea. Por aquí y por allá veo castaños, tallos, ramas y hojas. Son altos y bajos. Delgados y gruesos. Están rectos, torcidos y retorcidos. Se acurrucan. Se abrazan. Se separan. Forman hileras, montones, enjambres. 

El coche gira a la izquierda. Ahora circulamos por un sendero. Dejamos atrás casitas y casonas. ¡Llegamos!

Mi mamá aparca enfrente de una casa de piedra gris. Tiene leña apilada a un lado de la entrada. Bajo un techo cubierto de pizarra.

Lúa salta del coche. Yo también. Huele a madera mojada. A musgo. ¡A boñiga! ¡Puaj! Piso una caca de vaca. Es enooorme. Es más grande que una tetera. Pero más pequeña que una nevera.

Sigo a mi mamá hacia el interior de la casa. Una, dos, tres hojas… se pegan en la suela de mi zapato. Intento limpiar la caca. Veo unas hierbas ante la fachada. Revoltosas. Acerco mi suela. Restriego. Restriego…

¡Mecachis! Una ortiga me pica en la pierna. Tengo el ceño fruncido. Y un volcán en los ojos. Lúa me da un lametón. Me empuja hacia el interior. Subo un escalón. Y ella corre tras un ratón.  

—¡Tía avoa Xela! ¡Chegamos! —grita mi mamá en el recibidor.

—Mariña, nena, estou en el huerto —responde una voz lejana. Mi mamá se pone unas madreñas. Y vuela—. Yo te ayudo. No hagas esfuerzos.

Sigo la luz encendida. Camino hacia la cocina.

Encuentro a Lúa bajo la mesa de madera. Mi amiga está cansada. Hecha un ovillo. Duerme sobre el suelo de piedra. Me quito mi chaqueta de abrigo. La cubro. La tapo hasta el hocico.

Curioseo. Hay una alacena en una pared. Y una arañita camina por su red. Encima de mí veo una fotografía en blanco y negro. Enmarcada. Retrata a una niña con nariz de gnomo. Igual que la mía. Y la de mi mamá. Está junto a un burro. En el campo.

El fogón está apagado. La olla de acero color teja no está tapada. Chup, chup, chup. El líquido de su interior burbujea.

¡Mecachis! La vieja mo… digo, la tita abuela de mi mamá está cocinando caldo con… ¿caca de vaca? ¡No! El tufo a boñiga viene de más cerca. ¿De dónde? ¿De dónde viene? Me agacho. Me agacho más. ¡Puaj! ¡Soy yo! Mi zapato huele apestoooso.

Pierdo el equilibrio. ¡Paf! Choco de espaldas contra la pared. La fotografía enmarcada cae. ¡Clic! Golpea el interruptor de la luz. Ahora la cocina está en penumbra. ¡Pum! La fotografía termina en el suelo. Me escurro. ¡Pum! Yo también.

¡Pumba! De repente, algo sale del interior de la imagen. Una parte se amontona sobre las baldosas. Palpo. ¡Puaj! ¡Qué aaasco! Son huesos.

Me acerco a la otra parte. A gatas. ¡Clac, clac, clac! Un ruido de piezas encajándose suena detrás de mí. Proviene del montón de huesos. ¡Prrr! Y también escucho mi pedo.

Observo algo increíiible delante de mí. Un bulto crece, crece y crece entre las cuatro líneas del marco de la fotografía. ¡Chaaachi! ¡Es el esqueleto de la cabeza de un dinosaurio!

—Qué va. É Burrito —explica una voz tras de mí.

Iii aaah, iii aaah. Rebuzna el bulto.

—¡Aggggggh! —grito. Lúa se despierta. Viene a mi lado. Con mi chaqueta sobre su cabeza—. ¿Eres un faaa… faaa… fantasma? —pregunto a la voz. Mis dientes castañetean. Lúa me da un lametón.

—Non. Soy una nena esqueleto. Todos los seres humanos teñen uno. Les sostiene. Pero eso junto a ti… sí parece un fantasma. ¡Aggggggh! —grita. Tira de mí hacia arriba. Muevo el interruptor. Y enciendo la luz.

Giro mis ojos de izquierda a derecha. Una y otra vez. Una y otra vez.

Veo a un lado el esqueleto de una cabeza de burro. Atrapada en el marco de la fotografía. Al otro lado descubro un esqueleto infantil. Me mira como si me conociera. Se acerca a mí.

—¡Manoliño! —Me alborota el pelo. Pierde un dedo. Tira de mis mofletes. Y pierde más dedos. —¿Cuántos anos tes ahora? —pregunta mientras busca las piezas. Encuentra algunas. Las coloca.

—¿Anos? Solo uno. —Confundo años con culos. Retiro un dedo suyo de un rizo de mi pelo. Se lo devuelvo.

—¿Uno? —Me observa de arriba abajo. —No digas pequenas mentiras. —Y suelta dos dientes. Terminan en mi jersey de lana. —¡Uf! Aquí huele apesto… —Ve que estoy sonrojado. Calla. Deja de abanicarse con su mano esqueleto. Cambia de tema. —¿Cómo no estás tallando túa calabaza?

—Mi mamá me ha traído aquí. Al fiiin del mundo. Hoy no doy sustos…

—¿Dar sustos? —interrumpe—. ¿Cómo el que te acabas de llevar? ¿Cómo el que me acabo de llevar yo? —Nos miramos. —Los sustos non son divertidos. —Recuerdo el momento anterior. Asiento con mi cabeza.

—Ni hay Halloween. —Termino mi frase. Le devuelvo sus colmillos.

—¿Jalowín? Non sé qué es eso. Aquí celebramos Samaín.

—¿Y pedís chuches para comer?

—¿Chuches? Suena asqueroso. ¡Comemos castañas! Son de origen natural.

De pronto, me fijo en Burrito. Lo miro. Me acuerdo de Lúa. Cuando se queda atascada bajo el sofá. O entre las patas de una silla. Él está apresado.

—Pobriño. —Ella también se da cuenta. —Encantada de conocerte en esqueleto. ¿Podes darme un abrazo? É hora de regresar a mi mundo. —explica. Y pide—. Por favor, Burrito, camina hacia atrás.

Iii aaah, iii aaah. Él le hace caso.

—Soy Manu. ¿Cómo te llamas tú? —pregunto.

—Gloriña —responde. Y salta al interior de la fotografía.

—Vaaaya. ¡Cómo se llamaba mi abuela!

¡Pumba! Gloriña tropieza al llegar al otro lado. Su pie vuelve a este. ¡Pum! El pie esqueleto golpea mi cabeza. ¡Pum! Rebota contra la pared. Lúa bosteza. Y el hueso termina en su boca. Le da un lametón.

—¡Puaj! Lúa, no chupes el hueso de Gloriña. —Me mira. Lo escupe.

¡Plof! El hueso cae en la olla del caldo. Chup, chup, chup.

Corro a coger una cuchara de madera. Remuevo el líquido. Una alubia, dos alubias, tres alubias… ¿Dónde está el hueso? Remuevo otra vez. Un trocito de patata, un pedazo de patata, ¿una oreja de cerdo? ¿Dónde está su hueso? Remuevo. Remuevo. ¡Aquí está! Hay nooo… Esta pata tiene cuatro dedos. Es una pata de pollo. Remuevo. Remuevo. Remuevo. ¡Lo encuentro!

Lavo el hueso con agua. Lo seco con un paño limpio. Y lo devuelvo a su dueña.

—¡Grazas! —Me dice adiós con la mano. Y la imagen vuelve a ser la de antes.

Levanto del suelo la fotografía enmarcada. La coloco en su sitio.

Hay curiosidad dentro de mi cabeza. Tengo burbujas que contienen la palabra Samaín. ¡Quiero saber más! Apago la luz. Y corro al huerto.

Mi mamá está con su tita abuela. Están sentadas en un tronco. Bajo un rosal de pared. Tiene forma de luna invertida. La luz de la lámpara pinta todo de amarillo.

—Muac. Muac. —Beso a ambas en la mejilla. Estoy equivocado. La vieja… perdón… la tita abuela de mi mamá no huele a naftalina. Pongo voz de caramelo. —Mami, tita abuela Xela, ¿qué es Samaín?

—Manu, peque, Samaín es una festividad de origen celta. La palabra Samaín procede de Samhain. Significa «fin del verano». La noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, los antiguos celtas celebraban el inicio del año. ¡Con el Samhain!

—¿Cómo nuestra Nochevieja?

—Algo parecido, Manoliño. —La tita abuela de mi mamá sonríe. Y prosigue ella. —Neno, para ellos era un cambio de ciclo. Terminaba la época de las cosechas. El ciclo de la vida. El verano. Y empezaba otro ciclo nuevo. ¡Brrr! Chegaba el frío. La oscuridad. El inverno…

—Perooo… perooo… ¡Eso son las estaciones!

—Sí, Manoliño. El Samhain está relacionado con los ciclos de la naturaleza. Pero los celtas solo tenían verano e inverno. Y el Samhain era el paso de uno a otro. ¿Sabes? Esa noite era mágica. Los druidas hacían una hoguera. Daban regalos a sus antepasados. Y ellos podían visitarlos.

—¡Vaaaya! ¿Y las calabazas y las castañas? Cuenta, tita abuela Xela.

—Je, je, je. —Ella ríe. —Manoliño, durante el Samaín vaciamos calacú o calabazo. Tallamos una cara. Colocamos dos palitos. Son sus dentes, ¿sabes? E introducimos una vela en el interior. Luego, decoramos las ventanas y el exterior de las casas. Y elaboramos zonchos. ¡Castañas cocidas!

—¿Celebramos hoy Samaín? —propongo corriendo hacia una calabaza—. Tita abuela Xela, ¿quién es la niña de la fotografía de tu cocina?

—Manoliño, es mi hermana. Tu abuela, Gloriña. Cuando era pequeña.

¿Te ha gustado el cuento infantil de miedo, pero sin mucho miedo? ¿Te has divertido con la aventura de Manoliño en Samaín? ¿Sabes que en muchas regiones de España aún se celebra esta festividad?

Me alegro mucho de que hayas disfrutado con la lectura de este relato infantil. Me encantará leer tu comentario ❤️

Aún quedan muchas horas para seguir leyendo. ¿Cuál es el próximo cuento que vas a leer?

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