—Pío, pío. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahí. ¡Hay un monstruo en Courel! PÍO, PÍO —pía un pájaro con todas sus plumas de punta.
—PÍO, PÍO. ¡AAAH! ¡Y es enorme! Mirad, mirad. ¡Huyamos, compañeros! —propone otro pájaro escondido entre las hojas.
—¡GRRR! ¡AH! —grita Urso, el oso pardo—. ¿Un monstruo, decís? ¿Dónde? ¿Dónde está el monstruo? ¡No veo nada!
Pero nadie responde a Urso. Los pájaros salen volando en desbandada. Y hasta el más minúsculo habitante de las montañas lucenses de Courel se ha escondido. ¿Cómo es posible que confundan a su amigo oso con un monstruo monstruoso?
Yo sé la respuesta. Y te la voy a contar.
Vierte algo calentito en una taza bonita. Y acomódate en tu sofá favorito. ¡Empiezo!
El año pasado, Urso descubrió algo maravilloso mientras curioseaba un libro de la biblioteca. ¡La festividad de Navidad! Quiso celebrarla antes de hibernar.
Por eso, un día bajó temprano al mercado de la aldea. Ojeó el puesto de artesanos. Todos los adornos le parecieron preciosos. ¡Los quería todos! Compró muchas campanas rojas, numerosas bolas doradas, demasiadas estrellas plateadas, gran cantidad de espumillón verde y otros tantos adornos de todo tipo.
Luego, decoró su cueva con espumillón, bolas, campanillas, lazos, guirnaldas de cáscara de nuez y frutos cítricos…
Colocó tantos adornos y de tantos tamaños que no quedó un hueco libre. Plaf, plaf, plaf. Urso palmoteó de felicidad.
A continuación, disfrutó de una prolongada comilona.
Y, enseguida, tuvo sueño. Le apetecía hacerse un ovillo. Así que se fue a su cama sin recoger ni limpiar nada.
Meses después…
Su lecho de ramas, hojas y maleza ya no se siente mullido.
GRRR. GRRR. Las tripas de Urso están hambrientas.
GRRR. GRRR. Los colmillos de Urso quieren morder una manzana silvestre y mordisquear unos arándanos.
¡No! En realidad, él quiere morder todas las manzanas silvestres del árbol y zamparse una enorme cesta rebosante de arándanos.
Ouuu. Urso se estira. El espumillón se enrolla en sus patas delanteras, orejas y parte de su cabeza.
¡Pumba! Él salta al suelo. Y las guirnaldas se enrollan en sus patas traseras.
Intenta desprenderse de ellas. Cae sobre su barriga. Aplasta un bote abierto de pegamento. La masa viscosa se queda adherida a las cintas, espumillón y guirnaldas.
Urso se levanta. El árbol de Navidad cae sobre él. Y todos sus adornos.
Da una traspata. ¡Pum! Golpea el tronco que usa como mesita de centro. El cuenco que había sobre ella suelta por los aires todas las cáscaras de nueces y castañas que contiene. Pim, pim, pim. Quedan pegadas sobre el cuerpo de Urso, como escamas de pez.
Él da unos pasos tambaleantes. ¡Pumba! Rompe la puerta de ramas de la cueva. Y sale al exterior.
Los rayos de sol iluminan a un ser gigante y brillante.
Los animales se asustan al verlo.
Urso se asusta al oír asustarse a los animales.
Él no tiene buena vista. Y lleva encima innumerables bártulos navideños, que le dificultan su poca visión. Así que piensa que hay un monstruo. Y sale corriendo en línea recta. No llega lejos.
¡Pumba! Urso golpea el áspero tronco de un árbol. Cae sobre la maraña de su cabeza una lluvia de hojas, un granizo de piñas y un pequeño huevo.
Crac. Aparecen fisuras en la cáscara de huevo.
¡Crash! La cáscara de huevo se rompe.
Surgen un par de patitas sonrosadas que sostienen a un cuerpo diminuto. Dos puntitos negros del tamaño de una cabeza de alfiler miran a un lado, a otro y abajo.
—Pío, pío, ¡píopapi! —pía el polluelo dando saltitos al descubrir la cabezota de Urso.
—Grrr. No, no, papi —gruñe el oso.
—Pío… pío… ¿no papi? —El polluelo rompe a llorar.
Urso palpa su cabeza. Coge al polluelo entre sus garras. Y lo coloca frente a él.
—Grrr. Yo, Urso. Tú, Píopío —explica el oso.
El polluelo se protege entre sus alas. Mengua de tamaño. Casi desaparece entre las lanosas patas.
—Grrr. Tranquilo, Píopío. Oigo a tu mami y a tu papi. Van hacia La Coruña. —Indica la dirección con su hocico—. Ellos han visto un mons-tru-o.
—¿Pío, pío, monztruo? —Se apretuja aún más entre las patas y se cubre por completo con sus alas.
—Grrr. Shhh. Si-len-ci-o. No hables alto, Píopío. Peque, yo estoy contigo. Vamos a buscar a tu familia.
Urso hace un cestito con las cintas y coloca dentro al polluelo.
Luego se yergue sobre sus patas traseras. Snif, snif. Comienza a guiarse por su olfato. Las cáscaras de nuez suenan con cada movimiento. Y anuncian su llegada.
Avanza ante la naturaleza salvaje de las montañas. Atraviesa áreas espesas y boscosas. Salta las rocas… Pero el espumillón le hace cosquillas en el hocico. ¡Achís! Urso estornuda. Cae sobre su trasero. Y baja rodando por una fuerte pendiente.
Los arbustos de los bosquetes se apartan de su camino. Un arraclán se mueve hacia la derecha. Un mostajo hacia la izquierda. Un serbal se apretuja contra el suelo. Aunque los castaños de los soutos abandonados intentan frenarlo con sus ramas, no es posible. Píopío se cobija dentro de una cáscara de nuez. Urso rueda, rueda, rueda. Un cencerro oxidado se queda prendido del espumillón. Y frena el descenso. Tolón, tolón.
—Muuu, Muuurielita. Dime, ¿qué vaquita es esa? —pregunta el mamífero a su compañera de pasto.
—Querida, muuu, muuucho me temo que no lo sé.
Las vacas menean sus cuartos traseros y prosiguen su jornada de comida en el prado.
Urso también prosigue su camino. Y en el camino, un plástico se enrolla en el cencerro.
Snif, snif. Su hocico lo conduce hasta una estructura circular de piedra seca. Sus muros son altos. Y hay un voladizo.
Snif, snif. Olisquea. ¡Qué pena! No hay colmenas dentro de la alvariza.
—Pío, pío. ¿Por qué no vamoz rectoz, Urzo?
—Grrr. Píopío, mira. Eso a nuestra derecha son prados de orquídeas. No hay que pisarlas si queremos disfrutarlas. Prosigamos. Tu familia fue volando hacia allí.
—Pío, pío. ¿Qué ez volar, Urzo?
—Grrr. Lo que hacen los pájaros como tú.
—¿Y cómo ze hace, Urzo?
—Grrr. Píopío, yo no sé volar. Pero cuando tengo hambre, me acerco sigiloso al panal. Mmm. Me encanta la miel, ¿sabes? Y las larvas están tan ricas. ¡Me chupo todas mis garras cuando las tengo de menú! Pero no gusto a las abejas. Ellas intentan posarse en mi hocico. Aletean a mi alrededor. Mueven sus alas hacia arriba y hacia abajo.
—Pío, pío. ¿Hacia arriba y hacia abajo? Voy a intentarlo. Voy a intentarlo.
—Grrr. ¡Vamos, Píopío! Tú puedes.
Píopío da un salto. Levanta el ala derecha. Y se olvida de levantar la izquierda.
Píopío da una voltereta en el aire. Y cae en picado hacia el suelo.
Urso, veloz, estira sus extremidades delanteras. Posiciona sus patas. Y Píopío cae sobre la mullida caricia de un amigo.
—Grrr. Estoy contigo, Píopío. Sigamos adelante.
Plof, plof, plof. A su paso por la aldea, todas las personas cierran su puerta y bajan la persiana.
Chof, chof, chof. A su paso por el lavadero, todas las personas sueltan el cepillo de cerdas y tiran el jersey de lana.
Fuuu, fuuu, fuuu. A su paso por la fuente, la brisa crea una piragua llena de gotas de agua. Y desliza unas pocas hasta el pico de Píopío, como lo hace por un paraguas.
Urso tiene hambre y sed. Pero continúa moviendo sus patas.
El horizonte no termina de encontrar una camiseta a su gusto. Se pone una rosa. Al poco, la cambia por una naranja. Y a esta, por una roja. Al final, se decide por vestir una azul marino. Acorde al intenso olor a sal y a peces que percibe ahora Urso.
—Grrr. Píopío, despierta. ¡Estamos en Coruña! Aquí están tu mami y tu papi.
—Muac, muac, muac.
Snif, snif. Urso olfatea. Enseguida, corre en dirección al paseo marítimo. Allí, mami y papi contemplan la playa As Lapas. Y a los tres barquitos de pescadores que se acercan.
Pumba, pumba, pumba. Pero, de pronto, el suelo rebota a su alrededor.
Los tres barquitos de pescadores desaparecen. Mami y papi divisan una mole de luces, colores y objetos brillantes que acaba de aparecer frente a ellos. Tienen su pico abierto.
—Pío, pío. ¡El monstruo de Courel! —pían mami y papi señalando a Urso.
—GRRR. ¿El monstruo de Courel? ¿Dónde? ¿Dónde está el monstruo? ¡No veo nada! —grita Urso dando vueltas como una peonza.
—Pío, pío. Píomami, píopapi, no ez un monztruo. Ez Urzo.
Clic. Justo en ese momento, la bombilla de la Torre de Hércules se apaga. El único faro romano que sigue funcionando deja de hacerlo.
No hay luna. Tampoco estrellas.
Bum, bum, bum. Mami y papi sienten el latido de un corazón dentro del monstruo. Se acercan.
—Pío, pío. ¡Es nuestro amigo Urso! Rápido, hay que ayudarlo a quitarse todos esos adornos y basura.
—Grrracias, amigos.
Muac, muac, muac, muac. Los besos florecen.
De pronto, todos se dan cuenta de que los tres barquitos de pescadores ya no tienen la guía del faro.
—Grrr. Mi nanaosa me contó que antaño las mujeres de los marineros les ayudaban en los días de tormenta.
—Pío, pío. ¿Cómo lo hacían?
—Grrr. Los marineros soplaban sus caracolas. Las mujeres, a grrritos, mostraban la zona de la costa donde se encontraban. Así, impedían su naufragio.
Todos se miran. Cada uno sabe lo que tiene que hacer.
Uno con sus garras, otros con sus picos y las alas buscan entre la arena. Encuentran tres caracolas.
Mami coge una y sale volando.
Papi coge una y sale volando.
Píopío agarra la tercera con su pico. Cierra los ojos. Da un salto hacia el infinito. Mueve sus alas hacia arriba y hacia abajo. Abre un ojo. Despliega sus alas al compás. Abre el otro ojo y disfruta de la aventura.
—Grrr. ¡Bravo, Píopío! Lo conseguiste.
Esa noche vuelven a oírse las caracolas sobre las olas del mar. Y la voz del amor que acompaña desde la orilla. Los adornos se reutilizan o reciclan. Y tal como llegó el monstruo de Courel, desaparece.
Pero parece que es verdad lo que se dice por ahí: La amistad tiene el color de un corazón carmesí.
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