Cuentos cuento

Cuentos infantiles originales


Zezemillaz de mancana

El sol baja las persianas. Bosteza. Se va a la cama.

Maosa tiene una biblioteca dentro de su cabeza. La osa de pelaje oscuro abre uno de los libros. No necesita leerlo. Lo conoce de memoria. Narra la historia a Masa de pelo y Bola de peluche, sus oseznos. ¡Muac, muac! Da a cada uno un beso de buenas noches. Los arropa.

El más grande, Masa de pelo, cierra sus párpados. Zzz. Duerme.

La más pequeña, Bola de peluche, cierra sus párpados. No está dormida. No tiene ni una pizquita de sueño. El cuerpo menudo de la osezna está lleno de chispas. Ella espera un ratito cobijada bajo la sábana de algodón. Cuenta con sus dedos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cuenta con los dedos de la otra pata. Siete, seis, ocho, nueve, uno y cero. Zzz. Maosa ronca. ¡Es el momento perfecto!

Bola de peluche se escabulle por su cama de hojas y ramas. No se calza las zapatillas con forma de coche. Hace calor. Sale de la habitación. Camina descalza, pegada a las rugosas paredes de la cueva. Despierta a una araña que duerme en su telaraña. Tap, tap, tap. La osezna avanza de puntillas por el pasillo. Deja atrás el tresillo. Cri, cri, cri. Canta un grillo. Ella se para en el salón. Escucha. Entra en la cocina. Se alza de puntillas ante la alacena. Snif, snif. Olisquea. Se mueve un par de pasos hacia la derecha. Desliza sus patas por la superficie del mueble de madera. Es lisa y cálida. Snif, snif, snif. Olisquea. Babea. Palpa un plato de barro. Levanta el paño de cocina que lo cubre. Ñac, ñac, ñac. Peñizca con sus dientes una tartaleta de miel y larvas de abeja.

Clic. La luz de la habitación de Maosa se enciende. Bola de peluche se petrifica. Igual que un guisante en el congelador. Sus dientes sueltan la tartaleta. Boing. Ella pega un brinco. Corre despavorida hacia su cama. Pumba. Golpea la mesa de tronco del salón. Encima están los útiles de trabajo de Maosa. La calabaza de agua cae sobre su mochila. Esta se desploma sobre la mesa. La tapa se abre. Un paquete insignificante de papel resbala desde el interior. Y desciende girando, girando, girando hacia el suelo de piedra. La osezna se para. Duda. Mira al suelo. Mira la habitación de su mamá. Mira a su habitación. Finalmente, corre hacia allí. Se mete en su cama. Se esconde bajo la sábana de algodón y el almohadón. Clic. La luz de la habitación de Maosa se apaga. Bola de peluche respira.

A la mañana siguiente, el sol levanta las persianas. Las paredes de su casa son azules. Y tienen dibujos de nubes blancas. Todos son diferentes.

Maosa se estira en su cama. Se rasca su panza. Abre los ojos de par en par. ¡Ay! Ella se quedó dormida. Su día comienza con un color tan oscuro como su pelaje. Boing. La osa parda llega de un salto al salón. Introduce la calabaza dentro de su mochila de montaña. Cierra esta con un nudo y un lazo. Coge su vara de roble. Y sale veloz por la puerta de la cueva.

Tictac, tictac.

Tiempo después, Masa de pelo se estira en su cama. Se da la vuelta. Su trasero se destapa. Se cubre con la sábana de lunares. Zzz. Sigue durmiendo.

Bola de peluche se estira en su cama. Brinca a la de su hermano con la sábana enredada entre sus patas. Pííí, pííí. La almohada y el almohadón caen sobre sus zapatillas.

—¿Manito, estáz dezpierto? —escudriña la osezna frente a la cara de su hermano, subiendo uno de sus párpados.

—GRRR. ¡Ahora sí, Pelucha! —contesta restregando sus ojos con las patas.

—¡Mielozo! Vamoz a dezayunar juntoz.

—Grrr. Bueno, luego seguiré durmiendo. Pelucha, mientras preparo el desayuno, haz las camas.

Osa de peluche estira las sábanas. Los lunares dejan de ser líneas aburridas sobre un fondo blanco. Ahora son topos multicolores. Plof, plof. Lanza la almohada y el almohadón sobre su cama.

El aroma de las gachas de larvas cocinándose se filtra por cada rendija de la cueva. Llega hasta la habitación. Y transporta volando a Bola de peluche hasta el salón. Croc. Ella pisa algo junto a la mesa de tronco. Se agacha. Encuentra un paquete insignificante de papel. Lo patosea. Clac, clac. Lo hace sonar. Snif, snif. Lo huele.

—¡Zezemillaz de mancana!

—Grrr. Son pepitas de manzana —explica frotando sus ojos con las patas—. La manzana es una fruta de pepita, como lo es la pera o el melón.

Masa de pelo coloca sobre la mesa dos salvamanteles de ganchillo. De pronto, esta tiene dos mofletes color café. Después, pone dos cucharas de madera. Y el mueble cambia de expresión. Parece enfadado.

Bola de peluche da la vuelta al paquete insignificante de papel. Sonríe al reconocer la caligrafía de Maosa repleta de letra «o» en forma de corazón.

—Pepitaz de mancana foxá. Entregar a la zeñora Agricultora el día trez y uno. —Lee sujetando con fuerza el papel del envoltorio. Teme que las letras dancen y creen palabras nuevas.

—Grrr. Treinta y uno, Pelucha —corrige guiñando el mismo ojo cuyo párpado levantó su hermana.

—Treinta y uno de agozto. Manito, ¿cuándo ez treinta y uno?

—Grrr. —Masa de pelo se rasca la cabeza—. Hoy.

—Manito, ¿ze laz llevamos a la zeñora Agricultora?

Masa de pelo eleva las orejas. Arruga su hocico.

—Grrr. Pelucha, no son importantes. —Le alborota los pelos de la cabeza—. Mamá no las olvidaría.

Masa de pelo vuelve a la cocina.

Bola de peluche recuerda el acontecimiento de la noche. Agarra el paquete y sale hacia el bosque por la puerta de la cueva.

Ella camina, camina, camina…

La decoración del bosque cambia de intensidad. Los verdes y marrones dejan de ser oscuros. Ahora son brillantes y luminosos. Igual que el pelaje dorado de Bola de peluche.

Snif, snif. El ambiente huele a barro y a guarro. La osezna llega a la cabaña de madera del señor Cochino. Se tapa el hocico. No puede aguantar más la respiración. Por suerte, la brisa de la mañana pasa jugando con las hojas, las briznas y las ramas. Barre el olor horripilante.

El marrano está reparando el techo de paja. Mientras, fisgonea el entorno con sus orejas y unos ojos oscuros cubiertos con anteojos rojos.

—Oinc, oinc. ¿Onde vas con tanta prisa? Burp. —Se tira un eructo.

—Zeñor Cochino, voy a entregar eztaz zemillaz de mancana foxá.

La cola del cerdo se desenrosca. Suelta el carrizo que sujeta entre sus pezuñas. Su cuerpo redondeado baja la escalera saltando los peldaños de madera de tres en tres. Tiene el hocico manchado de barro. Las patas manchadas de barro. Y entre los pelos de sus orejas ruedan bolitas de barro.

—Oinc, oinc. ¿Pepitas de manzana foxá? ¿Las autóctonas de Galicia? —comenta con la vista fija en el paquete insignificante—. Proof. —El cerdo se tira un pedo.

—¿Zon importantez, zeñor Cochino?

—Oinc, oinc. Quedan muy pocos ejemplares. ¿Onde vas con unas pepitas con esas patazas? Burp. —El cerdo se tira otro eructo.

—¿Patazaz, zeñor Cochino? —Se mira las patas.

—Oinc, oinc. ¿Onde vas con unas pepitas si los osos devoráis miel? —opina relamiendo una manzana imaginaria—. Proof. —Se tira otro pedo.

—Loz ozoz comemoz variado. También comemoz mancanaz.

—Oinc, oinc. ¡Te cambio tu paquete por un bote de miel! Burp. —Se tira otro eructo.

—Ezto no ez mío. —La osezna aplasta el paquete insignificante contra ella—. Tengo que zeguir. ¿Zeñor Cochino, zabe dónde vive la zeñora Agricultora?

El cerdo frunce el ceño. Da la vuelta. Se mete en su cabaña. Pumba. Cierra la puerta dando un portazo. FUUU. Genera un huracán.

Pum, pum, pum. Lejos, caen las piedras del puente del río. Cerca, los pétalos de las flores se desprenden y juegan veloces al corro de la patata.

El huracán levanta a Bola de peluche del suelo. La lleva girando por el aire.

De pronto, ella cae. Boing, boing, boing. Bota con su trasero por el camino. Usa sus patas posteriores para frenar. Comprueba que lleva el paquete insignificante entre sus patas delanteras. Sentada, percibe el olor de las moras silvestres. Y el parloteo de dos mariquitas que planean una visita a un campo de margaritas.

La osezna se va a poner de pie. Ve algo que aparece y desaparece bajo las hojas que cuelgan de los tallos del camino.

—¡Hay una eztrella en el zuelo! ¡Ze ha caído del cielo! ¡Uala! La eztrella no tiene puntaz. Ze enrolla zobre zí misma. Eztá azuztada o preocupada, como yo.

—Nooo. nooo, looo soyyy.

—¡Y habla!

Bola de peluche cambia de postura. Se coloca de rodillas. Se agacha. Ve los rastros de baba sobre la tierra. Y a un ser deslizándose, lento, lento, lento.

—¡Ez un moluzco! ¡Oh! Yo quería pedir un dezeo. ¡Pero me alegra encontrar un compañero en el camino!

Los rayos de sol cosquillean su cara. Osezna observa más de cerca al caracol. Su concha es de un marrón casi traslúcido, y presenta cinco vueltas en espiral.

—¿Quiere que le acerque a algún zitio, zeñor Caracol?

—Yooo, soyyy chiiicooo yyy chiiicaaa. Voyyy diiirecccciiiónnn alll cammmpooo.

—¿Dónde trabaja la zeñora Agricultora?

—Sííí. Voyyy aaa traaabaaajarrr ennn elll cammmpooo aaaaiiiireeeannndooo elll suuueeelooo.

—¿Podemoz ir juntoz?

—Porrr suuupuuuessstooo. Deeebeeemosss cruuuzarrr elll puuuennnteee delll ríííooo.

Caminan acompañados por la sinfonía lejana de las gotas de agua en las cascadas.

Llegan a un claro del souto y se topan con el musgo que viste una estructura circular de piedra. Dentro no hay castañas esperando su maduración y conservación.

—Rooodeeeoooo laaa miiitaddd deee laaa cooorriiiipaaa yyy connntiiinuuuaaamosss.

—Yo te cojo y terminamoz antez.

Pero cuando la osezna da un paso, Caracol ya ha superado las piedras.

—¡Nunca he vizto a un caracol avanzar tan rápido!

—Nunnncaaa heee vissstooo aaa unaaa ooosaaa aaavannnzarrr tannn lennntaaa.

—Yo intento ir a tu ritmo. Pero mi camino parece alargarze a cada pazo.

—Lleeevasss alllgooo queee teee peeesaaa ennn elll coooraaazónnn. Suuuéllltaaaloo.

Prosiguen la senda. Caminan acompañados por la sinfonía cercana de las gotas de agua en el río.

Pronto, Bola de peluche divisa la vegetación húmeda de la orilla. El musgo y la hojarasca trepan entre las piedras. Corre disparada hacia allí.

—¿Dónde eztá el puente? ¿Dónde? —pregunta Bola de peluche.

Pun, pun, pun. Ella patalea. No ve el puente.

—¡AH!

El grito rebota en cada piedra, en cada tronco y en los oídos de la osezna. Esta se agacha. Comprueba que su amigo Caracol está bien y descubre a una salamandra rabilarga. Esta tiene doblado su cuerpo alargado. Y da besitos a su cola.

—Zalamandra, lo ziento. No vi tu dorzo negruzco. ¿Necezitaz que te acompañe al veterinario? ¿Necezitaz que…

—Chiquitasa, lo que necesito es que mires dónde pones esa patatasa —señala las patas de Pelucha con su cabeza—. ¡ABUSONA!

—¡Uy! Lo ziento. Eztaba buzcando el puente. ¿Zabez dónde eztá?

—¡Claro, chiquitasa! Acierta un acertijo, y te lo digo —responde con sus ojos vivaces.

—Vaaale.

—Chiquitasa, escucha. Tienes tres intentos y dispones de un minuto para acertar la respuesta a mi acertijo. ¿Preparada?

—Zí, zí.

—¿Qué ciervo es volador?

—¿Un ciervo volador? —Mira extrañada a Caracol.

—Chiquitasa, te quedan dos intentos y treinta segundos.

¡Pop! En ese momento, un escarabajo sale disparado del interior de un tronco caído. Igual que un corcho de botella. La osezna lo ve.

—¡Las vacalouraz!

—Chiquitasa, te he preguntado en singular. Te queda un intento y cinco segundos.

Tic, la cola de Salamandra se mueve hacia la derecha. Tac. Ahora su cola se mueve hacia la izquierda.

—¡La vacaloura!

—¡Bravo, chiquitasa!

—¿Dónde eztá el puente? ¿Dónde?

—Se siente, chiquitasa. ¡Ya no hay puente! —Da la espalda a la osa.

—¿Entoncez… me haz engañado? —Los ojos de la osezna se llenan de agua.

—Bueno, chiquitasa, sí que hay puente —apunta con su cola al agua.

—¿Dónde? ¿Dónde?

—Chiquitasa, allí, dentro del agua. —Vuelve a indicar con su cola el mismo lugar.

—Saaalaaamannndraaaa, essstooo nooo seee haaaceee.

—¡Es que me aburro! Es una bromita.

Bola de peluche hace pucheros. Caracol escala hasta sus ojos.

—Ssshhh. Aquí hay bruxos e bruxas. —Salamandra señala sus ojos y orificios—. Ssshhh. Lo ven y lo oyen todo. Y han tirado el puente.

Mientras, a enorme distancia, en la cueva de Maosa, Masa de Pelo y Bola de Peluche…

—Grrr. Pelucha, voy un momento al baño. Luego vierto las gachas en los cuencos de coco —habla desde la cocina—. No metas las patas en el cazo. ¡No me gustan las gachas con pelos!

No hay respuesta. Él levanta las orejas. Arruga su hocico.

—GRRR. ¿Pelucha? ¿PELUCHA?

Pío, pío, oinc, oinc, burp, prof, burp, prof. Los sonidos y olores del bosque circulan por el interior de la cueva. La puerta está abierta. El oso la traspasa veloz. Sus patas corren un maratón y saltan los helechos de botón. Uno, dos, tres…

Cuando llega al margen del río, su lengua llega al suelo.

—GRRR. No. —Toma aire—. Vuelvas. —Toma aire—. A salir. —Toma aire—. Tú sola. —Estruja a Bola de peluche entre sus patas—. Pelucha, volvamos a casa.

Él se gira y tira de la pata de su hermana. Ella no se mueve. Se suelta.

—Manito, tengo que cruzar el río.

—GRRR. Deja las travesuras, Pelucha. —Masa de pelo eleva las orejas. Arruga su hocico.

La osezna mira el agua. Titubea. Aunque el riachuelo no mide ni medio metro a ella le parece un mar. No obstante, intenta saltar. Pero se queda en la orilla.

—Tengo algo que me peza en el corazón. Tengo que zoltarlo. —Se gira a su hermano—. Manito, mami no olvidó laz semillas. Yo tropecé contra la meza. Laz tiré —confiesa. Salta.

Los márgenes del río se estrechan. Ella cruza.

Masa de pelo se acerca a la orilla. Eleva las orejas. Arruga su hocico. Mira hacia el agua.

—¡Manito, zuelta lo que te peza! —anima su hermana desde la otra orilla moviendo cada pelo desde la cola hasta la coronilla.

—Grrr. Ay, sí. Voy a hacer popó. Salí corriendo de casa. Y ya no aguanto más.

Masa de pelo se agacha. Ciervo volador anda curioseando de un lado a otro. Él no ha prestado atención a la conversación, pero ve el movimiento del oso.

—No te preocupes, osito. No estés asustado. ¡Yo te ayudo a cruzar! —Lo sube en su grupa.

—GRRR. ¡Pero si eres un insecto!

—¡Y tú, un oso!

—GRRR. Por eso, yo soy un oso.

—Yo sé que puedo hacerlo. He sido una larva durante ocho meses. Y mírame. Soy un precioso escarabajo.

Del susto, Masa de pelo intenta agarrarse a algo. Alcanza a Caracol. Al verlo, su otra pata pretende aferrarse a otra cosa. Y esa otra cosa es Salamandra.

—Ey, chiquitasa, vuelo, vuelo, vuelo —parlotea Salamandra—. ¡YUPI!

Al llegar al otro lado del río, todos huelen, tocan, miran…

—Grrr. ¡Nunca he estado en esta parte del bosque!

—Yo tampoco —dice Salamandra.

—¡Ni yo! —exclama Ciervo volador.

—¡Vamoz juntoz a conocer a la zeñora Agricultora! —propone Bola de peluche.

Todos miran a Caracol. Este encabeza la comitiva.

Desplazándose, caminando, volando, llegan al campo de la señora Agricultora.

Ella riega con una gota de agua una tomatera que crece, crece, crece para llegar al cielo a hacer cosquillas en su panza a las nubes.

Maosa tiene todos los bártulos de su mochila desperdigados sobre el terreno de cultivo. Revisa el interior de su mochila por quinta vez. Vuelve a abrir cada bolsillo. Introduce su pata. Y la saca vacía. No hay rastro de pepitas de manzana. Y riega los plantones con el sudor de sus nervios.

—Bueno, bueno, pequena. Ya me las traes otro dííña.

—Cielo, ayer las dejé en mi mochila. GRRR.

—Mami, mami, laz tengo yo. —Bola de peluche se avalancha sobre Maosa—. ¡Muac! Dizculpa. ¿Zeñora Agricultora, me deja que le ayude a plantarlaz?

—Venga, pequena, yo te guío. Haz un agujeriño en el sustrato con el dediño.

—¡Lizto!

—Introduce una pepita en el sustrato con el dediño.

—¡Lizto!

—Cubre la pepita con el sustrato, usando el dediño.

—¡Lizto!

—Riega…

—¡Con el dediño!

—No, pequena, con el pulverizador.

—Aaa.

—Ahora, hay que cultivar la paciencia.

—¿Quééé? —preguntan todos en coro, excepto Maosa.

—Pequenos, hay que esperar. Cuando tenga cinco centímetros, la trasplantamos a una macetiña, en semisombra. Cuando cumpla un añito, la plantamos en el exterior para que disfrute de las cariciñas del sol.

No eran semillas mágicas. A los oseznos les dio tiempo a limar las garras con las rocas, preparar un bizcocho de miel y larvas de abeja y ayudar a reconstruir el puente.

Un día, millones de tictac después, bajo las ramas de los manzanos, los peques de Bola de peluche, Masa de pelo, Caracol, Salamandra, Ciervo volador y señor Cochino escuchan los cuentos de la biblioteca de la cabeza de Maosa.

¿Te ha gustado el cuento infantil de animales? ¿Te has divertido?

¡Me alegro mucho!

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